UNA INDAGACIÓN PERSONAL SOBRE UNA
ENSEÑANZA IMPERSONAL CON ATISBOS VAJRAYANA
El budismo se enfrenta desde sus orígenes a una dificultad fundamental: cómo transmitir una comprensión que se afirma no conceptual mediante un lenguaje necesariamente conceptual. Lo que sigue es, en primer lugar, un intento personal de aproximación fenomenológica a esa enseñanza, seguido de un breve recorrido por el contexto histórico y doctrinal en el que dicha enseñanza fue elaborándose y transmitiéndose.
Aparecemos en este mundo ignorantes, inocentes y dependientes del entorno, con una pronunciada impresión de sorpresa y una mezcla de asombro, incredulidad y sensación de dejà vu, pero también con un fuerte instinto de supervivencia que nos impulsa a crecer y a aprender de nuestro entorno. Nuestra misma inocencia nos dota de curiosidad y ansia de saber. Queremos enterarnos de cómo funciona el mundo y de la verdad de las cosas, pero hay muchas distracciones que nos desvían y nos confunden.
En un momento dado, nos enteramos de alguien que dice haber despertado y haber vencido la confusión, y que explica las cosas con un lenguaje claro y sencillo, tras el que intuimos que hay un camino para descubrir la verdad y librarnos de la confusión, pero nos cuesta seguirlo por su misma sencillez y por el apego a nuestros hábitos adquiridos. Su discurso es el dedo que apunta al despertar y nosotros nos enredamos con las palabras que lo señalan.
Estamos demasiado habituados a valernos de conceptos para desentrañar la realidad, pero la realidad es no conceptual y no se deja atrapar por estos. Al mismo tiempo, estamos inmersos en esta realidad y formamos parte de ella, por lo que tenemos la capacidad de darnos cuenta de ello. Eso entiendo que es la naturaleza búdica: la capacidad de darnos cuenta de nuestro ser despierto y de ver las cosas tal cual son en sí mismas, carentes de esencia real, apoyándose unas en otras en constante variación interdependiente.
La Trampa de la Conceptualización
Percibimos lo que se aparece a los sentidos. No hay apariencia sin su correspondiente sentido, como no hay sentido sin su correspondiente apariencia. Apariencia y sentidos de la percepción son codependientes, y la conjunción de su codependencia es la vacuidad, donde, en última instancia, la apariencia no es un objeto independiente de la percepción, sino el resultado dinámico de un proceso perceptivo condicionado.
Sólo al hacernos conscientes de que vemos, oímos, olemos, gustamos, tocamos o pensamos algo, aquello que percibimos se desdobla del perceptor, como en un espejo, cuando, en tanto que perceptores, no somos distintos de lo percibido. Las cosas y fenómenos que percibimos son percepciones codependientes de mente y materia. Por tanto, carentes de naturaleza intrínseca.
Decir que todo es mente, como decir que todo es vacío, es una mera designación o conceptualización empleada como verdad convencional para señalar la verdad última no conceptual. Aferrarse a la verdad convencional sin ver su trasfondo vacío es como agarrar a la serpiente por la cola: nos muerde y nos paraliza.
Una Perspectiva Histórica: Del Bosque a la Academia
Si la realidad a la que apunta la enseñanza budista se caracteriza precisamente por su carácter no conceptual, surge entonces una cuestión inevitable: ¿cómo puede transmitirse una comprensión de este tipo sin convertirla en una nueva construcción conceptual? La historia del budismo puede entenderse, en gran medida, como una serie de intentos de responder a esta dificultad.
Se supone que hace unos 2500 años el asceta Gautama, tras haber experimentado con extremos de ascetismo y complacencia, se sentó al cobijo de un árbol con la firme determinación de comprender la razón profunda de su insatisfacción. Su logro fue anclar la visión de las cosas tal cual son, sin interferencias conceptuales. Tras su muerte, la comunidad se disgregó en diferentes escuelas. El paso de una comunidad errante a instituciones asentadas trajo consigo el Abhidharma, un intento de sistematizar la enseñanza que, en ocasiones, tendía a perderse en la especulación dialéctica.
Frente a esta rigidez, surgieron los sutras de la Prajnaparamita (Perfección de la Sabiduría). Aquí, la realidad última se define como vacuidad vacía de vacuidad, manifestada en múltiples formas vacías de sí mismas. Nagarjuna, en el siglo II, usó la lógica para demostrar que nada es predicable, pues todo remite a una circularidad sin fin cuya única escapatoria es el cese de la conceptuación.
El Giro Vajrayana y la Tradición Tibetana
Con el tiempo, estas enseñanzas viajaron al Tíbet. En el siglo VIII, el maestro tántrico Padmasambhava y el erudito Shantarakshita establecieron las bases de lo que hoy conocemos como budismo tibetano. Aquí, la indagación se vuelve más profunda y directa:
1. Nyingma: Enfocada en el Dzogchen, la visión de la naturaleza de la mente como vacía y luminosa (rigpa).
2. Kagyu: Centrada en el Mahamudra o Gran Sello, identificando la autenticidad del aprendizaje directamente en la
naturaleza de la mente.
3. Sakya: Con el sistema Lamdre (el camino y el fruto), basado en los tantras.
4. Gelug: Fundada por Tsongkhapa, fusionando el análisis gradual con las enseñanzas Vajrayana más profundas.
El Debate de Samye: ¿Súbito o Gradual?
Mi posicionamiento respecto a este histórico debate es que ambas visiones son caras de la misma moneda. La posición subitista afirma que el despertar es un reconocimiento directo y cese del análisis. Sin embargo, para alcanzar esa "capacidad superior" de reconocimiento, suele ser necesaria una vía gradual de pacificación mental. El despertar auténtico es, por definición, instantáneo —o estás despierto o no lo estás—, pero el camino para situarse ante ese umbral requiere de la acumulación de méritos y sabiduría.
Apreciación Personal
Para mí, la meditación es un estado de atención al momento presente con todos sus componentes y derivas. Es una presencia consciente en el aquí y ahora del cuerpo y la mente, identificando las perturbaciones que nos ofuscan. El "juez de la experiencia" debe disolverse para que la clara luz de la conciencia brille sin filtros.
Hasta aquí llega mi apresurada e imperfecta revisión. Mi deseo es profundizar en esta comprensión de tal forma que, algún día, pueda transmitirla adecuadamente a todo el que la necesite, reconociendo que, aunque las palabras sean herramientas imperfectas, son el eco necesario de una verdad que solo puede ser vivida en silencio.
BIBLIOGRAFÍA
Paul Williams, Anthony Tribe y Alexander Wynne. Pensamiento budista. Una introducción completa a la tradición india. Herder editorial, 2013.
Sangharakshita. Una panorámica del budismo. Ediciones Dharma, 2008.
Śāntarakśita. Extractos del Tattvasaṇgraha y del Madhyamakālaṇkāra. Traducidos por Ferrán Mestanza. Fundació URV.


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